Apuntes sobre el Deseo

Apuntes sobre el Deseo

El nervio. El hambre. El deseo. Y eso solo imaginando tus ojos.

Lo irrefrenable. Lo incontrolable. El pellizco. Y eso solo recordando tu verbo.

La simple posibilidad de ti me alimenta pero no me sacia. Me vacía, y ese vacío pide más de ti. Exige más de ti, de ese único roce.

 

La imaginación no me sacia de aquello que aún no he probado. El deseo es hambre, es tensión, es temblor. El temblor es eléctrico, es una descarga que recorre todo el cuerpo que ni si quiera intuyes que te pertenece.

La lucha entre la realidad y el deseo se hace cruel, devastadora, sangrienta. No es una batalla. Es toda la guerra a una sola mano de éste juego de miradas.

No sé qué palpita más fuerte si mi corazón, mi cerebro o la punta de mis pies. Porque evocar la sonrisa que envuelve tus ojos cada vez que hablas el es inicio del derrumbe. Un derrumbe que supone el armisticio ante tu sola presencia, que me desarma y me incita a buscarte, a explorarte, a poseerte.

Hambre de ti es lo que siento ahora, hambre de labios.

Mi piel intenta contener el deseo, se sacude. Se revela ante la imposibilidad de poder aguantar. Tiembla, y las sacudidas son cada vez más fuertes. Porque el hambre de ti no es humana, no es razonable ni razona. Sigue su propio instinto en tu busca.

 

Mi piel, esa que ni si quiera has tocado aún, te busca, se eriza solo con pensarte. No puedes tapar un volcán con la mano, al igual que mi piel no puede contener el fuego, el rugido que se produce al imaginarte tocando de lado a lado la palma de mi mano, como por accidente.

 

De hecho, tu eres un accidente. Eres mi Hiroshima, y yo soy una bomba nuclear.

Porque así es mi deseo por ti, sin medida, arrollador, impredecible, desconocido, poderoso, intenso, inesperado, incontenible, desgarrador, sin mirar atrás, devastador.

 

Y tu, tu ni si quiera sabes que existo.